La cena entera podría haber sido un incendio y no nos habríamos movido.
Llevaba el azul: el que le había mencionado en la boda hacía ocho meses, el que ella había recordado. Tres botones. Nada más. Tres botones que me separaban del resto de mi vida.
El vino se bebió. Los platos se retiraron. El camarero ofreció el postre con la paciencia de un hombre que sabía muy bien lo que tenía delante y tenía la delicadeza de fingir lo contrario.
Ella dijo: —Acompáñame a la salida.
La acompañé a la salida.
El taxi tardó catorce minutos. Los conté.
Tres botones.