La habitación había estado a oscuras durante dos horas y ninguno de los dos había dormido.
Ella yacía mirando hacia la pared. Él yacía mirando su espalda. Los centímetros entre ellos eran la distancia más larga que jamás había conocido, lo que es decir mucho, porque había conocido algunas distancias largas.
En algún momento un auto pasó afuera y barrió sus faros por el techo—lentamente, indiferente. En la breve luz vio su propia mano, abierta sobre la almohada frente a su cara. Pensó: si alcanza esa mano, se la permito.
Él no alcanzó su mano.
Lo oyó respirar. No la respiración larga y oceánica del sueño—algo más superficial, algo alerta. Él estaba despierto. Ella lo sabía desde hacía más de una hora, y él lo sabía sobre ella, y ninguno de los dos había hablado, y esto era su propia forma de conversación.
Movió su pie tres centímetros hacia atrás sobre la sábana. Solo su pie. Solo un talón encontrando la tela fresca al borde de donde había estado acostada. Un accidente, si decidía que quería que lo fuera.
Ella esperó.
Su mano encontró su cadera. Sin pregunta en ella. Sin disculpa. Solo su mano, cálida a través del algodón delgado, asentándose allí como si siempre hubiera intentado ponerla exactamente allí y solo hubiera estado decidiendo cuándo.
Sintió que su propia respiración cambiaba.
—Hola— dijo él. Su voz tenía la gravedad de alguien que había estado despierto durante horas en la oscuridad.
Ella no se dio la vuelta. —Hola— dijo ella.
Eso era todo lo que cualquiera de los dos necesitaba. El resto era silencio, y cercanía, y de ellos.