Llevaba cuatro meses trabajando en el mismo lienzo. No le había sido permitido verlo.
Él estaba de pie en el umbral de su estudio — trementina, aceite de linaza, la luz del norte dorada a las cuatro de la tarde — y ella lo observó mirar la pintura antes de que la mirara a ella. Así debía ser. Ella lo había sabido.
—Bueno —dijo él.
Ella no tenía nada más que añadir. Ya lo había dicho todo, en el lienzo.
Él cruzó la habitación y se detuvo justo antes de la distancia habitual entre ellos. Ese pequeño ajuste era lo que ella había estado construyendo sin permitirse nombrarlo.
—¿Cuánto tiempo te tomó esto? —Todavía miraba la pintura.
—Todo el invierno.
—Se nota. —Se giró. La expresión en su rostro era la misma de diciembre —la fiesta donde casi— y de enero, cuando había llamado solo para hablar, y de marzo, cuando se sentaron en su coche fuera del restaurante durante una hora porque ninguno de los dos estaba listo para irse.
Aún tenía el pincel en la mano. Lo colocó en la repisa.
—He tenido miedo de venir —dijo él—. Por si esto cambiaba las cosas.
—¿Cambió?
Miró el lienzo una vez más, luego a ella. La respuesta había estado allí tanto tiempo que casi estaba cansada de esperar.
Sintió su pulgar contra su mandíbula antes de que ella comprendiera que él se había movido.