La película había terminado en algún momento cercano a la medianoche, aunque ninguno de los dos habría sabido decir exactamente cuándo. Lo que quedó encendido fue la pantalla del menú, paciente y de un azul pálido, haciéndole al cuarto a oscuras la misma pregunta cada pocos minutos: ¿Sigues viendo?
Una sola manta les cubría el regazo a los dos. Entre ellos, sobre el cojín, quedaban unos quince centímetros de sofá que ninguno había mencionado y que ambos mantenían — el tipo de distancia que alguien guarda a propósito, de la misma manera en que se contiene la respiración antes de decir algo que ya se ha decidido decir.
El mando estaba sobre la mesita, justo donde él lo había dejado después del último capítulo, lo bastante cerca como para que cualquiera de los dos lo alcanzara sin estirar del todo el brazo. Ninguno lo hizo. Cogerlo habría significado responderle a la pantalla con sinceridad, y ella no estaba lista para dejar que un menú decidiera para qué era el resto de la noche.
—¿Sigues viendo? —preguntó él, señalando el resplandor con la barbilla, y ella oyó la segunda pregunta viajando dentro de la primera antes de que él terminara de hacerla.
—Depende de qué haya —dijo ella, sin mirar al televisor mientras lo decía.
La pantalla se atenuó sola, y luego volvió a brillar, contando hacia atrás hasta una reproducción automática que ninguno de los dos estaría ahí para ver.
Fue la mano de él la que se movió. No hacia el mando — cruzó el espacio entre ellos, la palma hacia arriba sobre el cojín del medio, una oferta hecha en los términos más simples posibles y disfrazada de no ser nada en absoluto.
Ella la dejó ahí durante una cuenta atrás más antes de cubrirla con la suya. Los dedos de él se cerraron alrededor de los de ella y terminaron lo que esos quince centímetros de sofá habían estado manteniendo abierto.
El televisor volvió a hacer su pregunta, cumplidor, a un cuarto que había dejado de escuchar. Ahora corría otro reloj, y era el único al que ninguno de los dos pensaba responder.