El café estaba casi vacío cuando él preguntó si podía esperar en su mesa—solo hasta que parara de llover, dijo, señalando la puerta donde la calle se había convertido en un río.
Ella dijo que sí como se dice que sí a algo que ya has decidido.
Él pidió un espresso. Ella iba por su segunda copa de vino blanco. Afuera, los paraguas se volteaban contra el viento y la gente corría con periódicos sobre la cabeza, y nada de eso era digno.
—Ibas a algún lugar —dijo él. No era una pregunta. —Estaba en algún lugar —dijo ella—. Ahora estoy aquí.
Tenía el tipo de manos que ella notaba primero en la gente—anchas en los nudillos, descansadas sobre la mesa entre ellos. Ella pensó en cómo se sentirían contra la base de su espalda.
Él le preguntó su nombre. Ella se lo dijo. Él le ofreció el suyo, y ella se lo devolvió lentamente, prolongando cada sílaba más de lo necesario.
La conversación avanzaba como avanzan las buenas conversaciones—de lado, sin prisa, girando alrededor de algo que ninguno de los dos nombraba. Ella se sorprendió inclinándose hacia adelante. Él la sorprendió sorprendiéndose.
Cuando llegó la cuenta, ella extendió la mano hacia su cartera y él dijo, —Déjame—, y ella lo dejó, y ese dejar se sintió como su propio pequeño acuerdo.
Afuera, la lluvia se había transformado en bruma. Estaban de pie bajo el toldo y ella se puso la chaqueta y él la vio hacerlo con una atención que se sintió como una pregunta.
Vivo a tres cuadras —dijo ella. Él no respondió de inmediato. La bruma se asentó en sus hombros. —¿En qué dirección? —dijo él.