Reconoció sus hombros antes que su rostro: cómo ocupaban una habitación, como si el aire a su alrededor hubiera sido tallado a propósito.
Ella se giró, y los siete años que los separaban se desplomaron en un pasillo, una canción cuya letra él había dejado de saber, la manera tan suya de arruinarle a propósito las camisas buenas.
—Viniste —dijo ella. El camarero fingió no escuchar.
—Sabías que vendría.
—Sabía que tal vez.
La mano de ella encontró su nuca como siempre lo había hecho: como si la hubiera dejado allí guardada y comprobara que la cerradura aún funcionaba. Funcionaba.
—¿Sigues enfadado? —preguntó ella.
—Sí.
—Bien.
