Los domingos eran para el perro. Así lo habían acordado meses atrás, sobre una mesa de reuniones que en realidad ninguno de los dos había necesitado, y funcionaba porque pedía tan poco: él tocaba el timbre, ella abría la puerta, la correa cambiaba de manos, y eso era todo.
Esta vez tocó el timbre en lugar de escribirle desde la acera. Ella lo notó y no dijo nada. El perro pasó junto a sus tobillos antes de que terminara de abrir, directo hacia él, como si los seis días entre visitas fueran un error que acababa de corregir.
«¿Quieres tomar el camino largo?», dijo él, mirando al perro y no a ella. «Por el embalse. Si tienes la hora.»
Veinte minutos antes, doblando una toalla que no necesitaba doblarse, se había dicho a sí misma que no la tenía.
Aun así, fue por su chaqueta.
La correa estaba hecha para una sola mano, y siempre la habían compartido por costumbre, de cuando compartirla significaba otra cosa. A dos cuadras, sus dedos encontraron el mismo tramo de nailon sin que ninguno lo dispusiera, el perro tirando hacia una ardilla que ya se había ido.
«Estás haciendo eso», dijo ella.
«¿Qué cosa?»
«Caminar despacio. Tú nunca caminas despacio.»
«No tengo prisa», dijo él, y ninguno de los dos corrigió en qué tiempo verbal estaba eso.
Junto al agua el perro por fin se cansó hasta el trote, dándoles, por media cuadra, esa distancia que se sintió como estar solos en público — su hombro encontró el de él sin decidirlo, la mano de él sin moverse de donde ya estaba.
De vuelta en la puerta, la correa pasó de mano como siempre, salvo que esta vez él sostuvo su extremo un instante de más, y ella se lo permitió, y el perro se sentó a esperar cómo iban a llamar a esto.