Había dejado que la vela se consumiera hasta el último centímetro antes de meterse en la bañera, así que la habitación solo contenía formas: la curva pálida de la bañera, el rectángulo negro del espejo, sus propias rodillas rompiendo la superficie como dos colinas bajas que había decidido guardarse para sí.
Él la encontró por el sonido antes que por la vista: agua que se movía, luego se quedaba quieta, luego volvía a moverse con ese ritmo particular que significaba que no se estaba lavando. Solo estaba sentada en ella. Solo estaba en algún lugar que, por un rato, no eran los dos.
Él no preguntó por qué estaba despierta. En cambio, se dejó caer sobre las baldosas, la espalda contra la porcelana fría, las rodillas contra el pecho, lo bastante cerca como para que ella lo oyera respirar antes de que ninguno de los dos dijera nada.
—No podía dormir —dijo ella, más al techo que a él.
—Ya me lo imaginaba —dijo él, y dejó que eso fuera toda la conversación por un rato.
El agua había pasado de estar demasiado caliente a estar en su punto justo, y ahora tenía ese frío particular que significaba que debía salir y no iba a hacerlo. Algunas noches, irse era el sentido de todo. Esta noche era quedarse.
Alargó la mano por encima del borde sin mirar y encontró la línea de su mandíbula con una mano hecha casi solo de agua, fría donde la dejaba y ya entibiándose contra él. No dijo nada para acompañarlo. Dejó que la mano dijera lo que había que decir.
Él giró la cabeza medio centímetro hacia ella, del modo en que un hombre se vuelve hacia algo que aún no está listo para admitir que ha estado esperando desde que entró.
Ninguno de los dos se movió más allá de eso. La vela parpadeó una vez y se estabilizó. El resto del apartamento guardaba su propia quietud, indiferente a los quince centímetros de agua enfriándose entre el hombro de él y la muñeca de ella.
Ella no le pidió que se quedara. No hacía falta. Él ya se había quedado quieto de esa manera particular que significaba quedarse, y el agua, cada vez más fría, había dejado de ser, en absoluto, la razón de que ninguno de los dos siguiera en esa habitación.