La lluvia llegó sin aviso, como sucedía con algunas cosas.
Ella ya estaba bajo el toldo cuando él se metió adentro — sin verla primero, solo buscando refugio, y luego viéndola. Ese orden importaba. Ella lo vio asimilarlo.
—Eh —dijo él. —Eh —dijo ella. La palabra que habían usado mil veces, en la oscuridad, en la mañana, en puertas no tan distintas de esta. Todavía significaba todo y nada.
La calle se vaciaba. Un taxi pasó y ella quiso alzar la mano y no lo hizo.
Su brazo estaba contra el de ella desde el hombro hasta el codo. Él no lo movió. Ella tampoco. Eso era todo — dos personas atrapadas bajo la lluvia, la longitud de un antebrazo — y ella lo sintió como una mano presionada contra ella.
—Te ves... —empezó él. —No —dijo ella. Él sonrió, lo que fue peor. Siempre sabía cuándo ella intentaba no ser observada.
La lluvia tenía ese olor particular a verano y concreto, y debajo de eso, muy leve, él. Había lavado sus camisas una vez. Hacía mucho que había dejado de entender ese recuerdo.
—¿Cuánto dura esto? —preguntó. —No sé. Nunca reviso el clima. Dijo: —Aún. Ella: —Aún.
Un autobús pasó y bloqueó la calle completa. Cuando pasó, la lluvia iba disminuyendo y ella entendió que en otro minuto no habría razón para quedarse.
Ella no se movió. Tampoco lo hizo él. Su brazo seguía allí, y ella pensó: esto es lo más honesto que he hecho en semanas.