Las luces traseras desaparecieron tras la curva al final de la calle, y luego no quedó nada — solo la luz del porche, un aspersor dos casas más allá, y dieciocho años de un camino de entrada que nunca había estado tan silencioso.
Mara no se movió. Tom tampoco. Habían estado parados en ese mismo lugar para cada despedida que importaba — el autobús escolar, el baile de graduación, el camión de mudanza en junio — salvo que esta vez no iba a volver por una mochila olvidada.
—Eso es todo —dijo él, como si la frase necesitara ponerse a prueba antes de que pudiera confiar en ella.
—Eso es todo —respondió ella, y sonó distinto en su boca que en la de él — no exactamente un final. Algo más parecido a una pregunta que aún no se había decidido a hacer.
La casa detrás de ellos mantenía su luz como siempre, cada ventana encendida para un hijo que ahora iba a ciento diez por la autopista con una bolsa de viaje en el asiento del copiloto. Nadie necesitaría el coche esta noche. A nadie habría que ir a buscar.
Él puso la mano en la parte baja de su espalda, y la sorprendió — no el contacto en sí, se habían tocado mil veces sin pensarlo, sino el hecho de que ya no llevaba una lista de tareas pegada. Ningún almuerzo que empacar detrás. Ningún permiso que firmar.
Ella se giró primero. Él captó el movimiento y se giró con ella, los dos girando en el camino de entrada como algo coreografiado décadas atrás y jamás vuelto a ensayar.
—No sé qué hacemos ahora —dijo ella, y lo dijo como una pregunta de verdad, por primera vez en mucho tiempo.
—Se me ocurren un par de ideas —dijo él, y alcanzó la puerta — no exactamente la puerta principal, sino la promesa de ella: la casa abierta, iluminada y, por una vez, completamente suya.
Detrás de ellos el aspersor seguía girando, lanzando sus pequeños arcos sobre un césped que ya nadie necesitaba mantener impecable para la inspección de nadie. Adentro, la luz del pasillo estaba encendida. Ninguno de los dos tuvo prisa por llegar a ella.
