No había borrado su número. Solo lo había renombrado — algo neutral, algo olvidable — como si el teléfono no lo supiera.
Las once y cuarto. Su hora, siempre. Atendió antes de haber decidido.
"Hola." Solo eso. Pero su voz era igual de una forma en que su memoria se equivocó — más profunda, de algún modo, de lo que ella la había estado guardando todo este tiempo.
Ella dijo su nombre como dices una cosa que pensaste que habías dejado atrás para siempre.
La pausa que siguió tomó la forma de tres años.
"Estoy en la ciudad," dijo él. "No por nada. Solo — estoy aquí."
Se quedó de pie ante la ventana de su cocina, mirando la calle de abajo. El ámbar específico de las farolas. La forma en que una ciudad absorbe su propio ruido después de la medianoche.
"¿Cuánto tiempo?" preguntó ella. "Me voy mañana por la tarde," dijo él.
Debería haber dicho algo práctico. Algo que los hubiera dejado a ambos limpios. En cambio, se oyó a sí misma decir, "Estoy despierta."
El taxi tardó once minutos. Ella los contó.
Cuando abrió la puerta, él se veía igual y completamente diferente — la forma en que el tiempo hace eso, reordenando lo que amabas sin quitarlo. Ella seguía sosteniendo la manija de la puerta.
"Te ves bien," dijo él. No era lo que ella esperaba. No estaba segura de qué esperaba — una disculpa, quizás, o una explicación — algo que hubiera hecho esto más fácil de resistir. "Tú también," dijo ella. Y entonces la puerta se abrió más ancha, de la manera en que siempre había estado a punto de hacerlo.