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El relato de esta nocheLa mañana siguiente1 min

Sin cuerda

A dark-haired woman with a blunt fringe sits in white bedsheets, her bare back and shoulder to the camera, holding the wrist of a bearded man seated beside her on the edge of the bed in an open white dress shirt as she buckles his brown leather watch strap, his other hand resting on top of her head, soft grey daylight falling through a window behind them.
She buckled it on herself, and didn't wind it.

Su reloj ya estaba sobre la mesilla de noche cuando ella despertó, la correa de cuero marrón enroscada como algo que hubiera renunciado a mantener su forma.

Él estaba vestido para el día antes de que ella estuviera vestida para nada — la camisa abierta sobre los pantalones de la noche anterior, de pie junto a la ventana haciendo cuentas sobre un tren de las 9:10 que no había mencionado hasta ese momento.

"¿Tienes que tomar ese?" preguntó ella. "No parece," dijo él, y no se movió de la ventana.

Ella tomó el reloj. Las manecillas estaban detenidas en las cuatro y diez de la madrugada — la hora, estaba bastante segura, en que él había dejado de responderle con frases completas y había empezado a responderle en la oscuridad.

"Se te olvidó darle cuerda," dijo ella.

"Se me olvidaron muchas cosas anoche." Volvió a la cama a buscarlo, como vuelve un hombre por algo que no está seguro de poder desear dos veces.

Ella no se lo entregó. En cambio le tomó la muñeca — la giró hacia arriba, le abrochó la correa ella misma, despacio, la hebilla encontrando su agujero al segundo intento, el pulgar quedándose un instante de más justo donde su pulso hacía algo que su cara no hacía.

"Se paró," dijo él, mirando las manecillas quietas. "Déjalo así," dijo ella.

Él no preguntó qué quería decir con eso, y ella no se ofreció a explicarlo, y por un largo momento ninguno de los dos miró el reloj de verdad, el de su lado de la cama, el que le habría dicho exactamente cuánto tren le quedaba.

Afuera, un autobús exhaló junto a la acera y se fue sin él. Él volvió a sentarse en el borde del colchón, el reloj todavía detenido en las cuatro y diez en su muñeca, y no alcanzó su chaqueta.