Los últimos invitados en irse de una buena cena son siempre los que más la disfrutaron, y los Henderson se quedaron veinte minutos más en el vestíbulo demostrándolo: abrigos a medio poner, una historia llevando a otra, Marion sosteniendo una bufanda que ya había encontrado dos veces.
Él los acompañó él mismo los últimos pasos, una mano apoyada en el marco de la puerta, y dijo lo que dice un anfitrión: que llegaran bien, gracias por el vino, había que repetirlo antes de que acabara el año. Nada de eso era mentira. Todo era también, con mucha precisión, una demora que había aprendido a interpretar sin que pareciera que le incomodaba.
Al otro lado del salón, ya vacío, ella apilaba los platos buenos con un cuidado que no hacía falta, porque una tarea mantenía sus manos ocupadas en algo que no pudiera leerse, ante dos personas todavía abrochándose el abrigo, como impaciencia.
«Conduzcan con cuidado», dijo ella sin darse la vuelta, y lo oyó reír por algo que había dicho David — bajo, fácil, la risa que reservaba para los invitados. La de ella era un sonido completamente distinto, y era la única persona en la casa que lo oiría esa noche.
La puerta se quedó abierta un minuto entero después de las despedidas, dejando entrar el frío, dejando entrar un último comentario sobre el clima. Ella contó platos en vez de segundos. No sirvió de nada.
«De verdad que nos alegra tanto que—» y entonces, por fin, pasos en el sendero, faros que salían del camino, y la mano de él encontrando el borde de la puerta.
No la cerró enseguida. Se quedó ahí, con la puerta medio cerrada, mirando hacia atrás, hacia la mesa deshecha y maravillosa, hacia los ocho lugares puestos y el único que aún quedaba por recoger, y algo en su rostro dejó caer, de golpe, toda la actuación de la noche.
Ninguno de los dos se movió todavía. El pestillo no había cerrado. Ella dejó el último plato sin oírlo llegar a la mesa, y la casa contuvo la respiración junto con los dos, esperando ese único sonido pequeño y decisivo.
