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El relato de esta nocheViejos amores1 min

La Reserva

A woman with dark wavy hair in a half-unzipped deep-emerald silk slip dress stands chest-to-chest with a sandy-haired man in an open white dress shirt with an undone black bow tie hanging loose, her hand at his bare throat, his hand at her waist, faces close but not touching, in a dim bedroom with a made bed behind them.
Eight o'clock came and went. Neither of them reached for a coat.

El broche de la espalda del vestido se había cerrado sola un centenar de veces, y esa noche, con él justo detrás, se negaba a cerrarse.

"Déjame", dijo él, ya con la mano tendida, y ella dio la espalda al espejo y se lo entregó todo — el vestido, los diez minutos que ya no tenían, la noche entera que llevaban planeando desde que hicieron la reserva tres semanas atrás.

Sus dedos encontraron el pequeño gancho y lo perdieron, lo volvieron a encontrar. No tenía prisa. Ella lo miraba no tener prisa en el espejo y sintió que algo en su pecho se aflojaba para seguirle el paso.

"Nos vas a hacer llegar aún más tarde", dijo ella, sin ningún reproche en la voz.

"Lo sé." Cerró el broche al tercer intento y no dio un paso atrás. Sus manos se quedaron donde habían caído, cálidas sobre la seda, y su boca encontró la curva del hombro de ella en vez de la puerta.

Ella dejó que la cabeza se le inclinara, apenas, hacia él. En el espejo podía verlos a los dos — la camisa de él todavía abierta en el cuello, su pintalabios perfecto e inútil, ambos quietos en una habitación que ya deberían haber dejado atrás.

"La mesa es a las ocho", dijo ella, lo cual no era lo mismo que decir que debían irse.

"Se la darán a otro." Lo dijo como quien constata un hecho que le alegra, y la giró, despacio, hasta que quedó frente a él en vez del espejo.

De cerca, él seguía con la pajarita deshecha, colgando suelta a ambos lados del cuello abierto, y ella se sorprendió alcanzándola, como se alcanza cualquier cosa a medio terminar, con ganas de arreglarla y sin empezar del todo.

"Todavía podríamos llegar", dijo ella, las manos en su cuello, sin moverse hacia la puerta.

"Podríamos", concedió él, y ninguno de los dos se movió tampoco hacia allá, y en algún momento después de las ocho una anfitriona tachó un nombre de la lista y le dio la buena mesa a otra pareja, y a ninguno de los dos, por una vez, le importó perder nada.