Había convertido la despensa en un cuarto oscuro el año en que dejó de confiar su carrete a cualquier otra persona, y la bombilla roja sobre el fregadero teñía todo del color de un aliento contenido: sus manos, la bandeja, la tira de negativos colgada y goteando encima.
—No se supone que debas mirarlo —dijo él, tan cerca detrás de ella que lo sintió más de lo que lo oyó—. Ya sabes, la olla vigilada nunca hierve.
—Esto no es una olla. —Ella meció la bandeja de todos modos, el fijador deslizándose en una marea lenta sobre el papel, y no se dio la vuelta—. Es una fotografía que me tomaste sin preguntar.
—Me dejaste.
—Noté que lo hacías. Eso no es lo mismo que dejarte.
El temporizador sobre la encimera contaba sus noventa segundos en números rojos, y bajo la bandeja el rectángulo blanco aún no sostenía más que un rumor de gris, la forma de un hombro que empezaba a insistir en sí mismo.
Su mano encontró la curva baja de su espalda, tampoco preguntando, y ella la dejó quedarse ahí igual que había dejado que el obturador hiciera clic la noche anterior: una decisión tomada por el simple hecho de no detenerla.
—Lo que sea que haya ahí —dijo ella—, lo veo yo primero.
—Lo verás. —Él no movió la mano—. Ya lo estás viendo.
La imagen surgió como siempre lo hacía, lenta y luego de golpe: su propio rostro girándose hacia una cámara que no sabía que estaba ahí, capturado en el segundo exacto antes de decir su nombre; y cuando el temporizador sonó, ninguno de los dos se movió para acallarlo, los dos ya mirando lo mismo.
