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El catálogoViejos amores1 min

El Adagio

A woman with a sleek black bob in an off-the-shoulder black satin dress seated close beside a man in an open-collared dark suit, his hand resting on her bare arm, their foreheads nearly touching, in a dim theater with rows of empty red velvet seats behind them.
The six inches stayed exactly where they were.

Ella había comprado las entradas en marzo, cuando todavía eran un nosotros — un regalo de cumpleaños disfrazado de plan de martes, dos butacas juntas en la fila H, en una sala donde el silencio entre movimientos cuesta tanto como la música misma. A ninguno de los dos se le ocurrió cancelar. Algunos hábitos sobreviven a la razón que los creó.

Él ya estaba sentado cuando ella encontró la fila H, la chaqueta doblada sobre un brazo, el programa enrollado como siempre lo enrollaba, como algo que quizá necesitara para espantar algo. Ella se sentó a su lado porque la entrada lo decía, y por un segundo ninguno de los dos dijo nada.

—Viniste —dijo él, por fin. No era una pregunta.

—Tú también —dijo ella, y dejó que eso fuera toda la conversación.

La sala se oscureció. La orquesta se afinó hasta el silencio, esa respiración contenida antes del primer compás, y ella se hizo consciente — como se es consciente del clima antes de que llegue — de los quince centímetros exactos entre su manga y el brazo desnudo de ella sobre el reposabrazos compartido.

Habían tocado esto una vez, mal, en el suelo de la cocina a medianoche, el teléfono de él apoyado contra una taza a modo de altavoz, los pies en calcetines de ella marcando el compás mientras él dirigía con una espátula que se negaba a soltar. Ahora volvía, en una sala de verdad, tocado por gente que sabía exactamente lo que hacía, y cada compás lento parecía saber exactamente dónde estaban sentados los dos.

Ninguno de los dos movió los quince centímetros. Eso fue todo, durante veinte minutos — el no moverse, el sonido que subía y se sostenía y volvía a subir, el antebrazo de él tibio sobre la madera, el pulso de ella haciendo algo en la garganta que hubiera preferido evitar.

Cuando las luces de la sala subieron para el intermedio, ambos se sobresaltaron como quien es sorprendido en algo, aunque, técnicamente, no había pasado nada.

—Bueno —dijo él.

—Bueno —coincidió ella. Su brazo aún recordaba la forma exacta de la manga de él. —La segunda parte es la mejor —dijo, porque era cierto, y porque posponía lo otro, lo más cierto.

Él no se levantó a estirar las piernas. Ella tampoco. Las luces los retuvieron un momento más, dos personas que habían conservado, cada una, su propia entrada para la misma fila exacta, ninguno buscando el pasillo, los dos, resultó, quedándose para el programa completo.