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El relato de esta nocheViejos amores1 min

Fruta caída

A Black woman in a pink floral sundress with the straps loosened at her shoulders, head tilted back against a bare-chested Black man in an open linen shirt behind her, his earth-stained hands resting at her waist, his mouth near her cheek, in a dusk garden with rows of green fading into shadow behind them.
The vines waited. So did dinner.

Al huerto le quedaba una buena semana nada más, y ella estaba de rodillas en él, soltando las enredaderas antes de una helada que aún faltaba un mes pero que le gustaba adelantarse.

Él salió a decirle que la cena podía esperar un rato más, y la puerta mosquitera se cerró de golpe detrás de él antes de que terminara la frase —el olor lo detuvo en el escalón, hoja de tomate aplastada y tierra tibia, el reverso de agosto.

Ella llevaba las mangas subidas hasta el codo, tierra hasta la muñeca, y la camisa se le había resbalado de un hombro, como suele pasar con la ropa de trabajo por más que uno se vista con cuidado. El último sol bajo le estaba haciendo algo a ese hombro que no tenía nada que ver con la cena.

Él había tenido veintiséis años para acostumbrarse a ese hombro. No habría sabido decir, de pie ahí con el paño de cocina aún en la mano, por qué esta noche lo desarmaba igual que aquel verano en que la vio por primera vez arrodillada en un huerto ajeno, robando frambuesas que nadie le había ofrecido.

—Este año se soltó la mitad sin más —dijo ella, sin darse la vuelta, y levantó un tomate partido limpio por el ecuador, blando y dulce de tanto sol—. Fruta caída. No se puede vender. Tampoco se puede esperar mucho.

Él cruzó el surco en lugar de responder y bajó detrás de ella, lo bastante cerca como para que sus rodillas enmarcaran las de ella en la tierra suelta, y puso las manos sobre las suyas, en la rama que todavía estaba soltando.

—Me quedan cuatro metros más de esto —dijo ella, con media risa ya puesta.

—Ya esperarán —dijo él, con la boca en su hombro, justo donde la camisa se había dado por vencida.

Ella soltó la rama. Detrás de ellos se encendió sola la luz del porche, programada para una cena que iba a tener que esperar un rato más, y el último color se fue del cielo despacio, sin más prisa por marcharse que ellos.