Ella había enrollado la alfombra hasta el rodapié y empujado la mesita de café hacia el pasillo, y el cuarto tenía ese aire desnudo y expectante de un escenario antes de que suba el telón — como un ensayo para algo que ninguno de los dos había dicho en voz alta.
«Una sola canción», había dicho él por teléfono, la excusa tan fina que se veía la pared detrás. «Soy un desastre. Ya sabes que soy un desastre.» Lo sabía. Había dicho que sí antes de que él terminara la frase.
Ella bajó la aguja sobre algo antiguo, en compás de tres por cuatro, hecho exactamente para esto, y le tendió las dos manos como lo haría una instructora — eficiente, profesional, sin nada más que la lección.
«Aquí», dijo, tomando su mano derecha y colocándola baja, en su cintura. «Ahí no. Aquí.» Él la dejó donde ella la había puesto, y se quedó un compás de más incluso después de que ella le soltara la muñeca.
«Uno, dos, tres», contaba ella, cerca de su oído, lo bastante bajo como para que fuera solo para él, y él le pisó el pie en el dos y se disculpó, y ella le dijo que contara, que no pensara, y él lo intentó otra vez.
Su mano en la espalda de ella dejó de corregir el equilibrio en algún momento del cuarto giro y se quedó simplemente descansando ahí, tibia a través del algodón fino de la blusa. Ella lo notó. No dijo nada, porque decirlo lo habría terminado.
«Estás llevando tú», dijo ella, sorprendida, en un giro que nadie le había enseñado.
«¿Sí?», dijo él — no era realmente una pregunta, la mano todavía exactamente donde había ido a parar, aunque los quince centímetros que el compás debía mantener entre ellos ya se habían ido a otra parte por completo.
Ella dejó de contar por el uno. Él dejó de esperar el dos. El disco seguía girando en el cuarto en penumbra, sonando para nadie en particular, porque ninguno de los dos necesitaba ya el compás para saber dónde poner los pies.
