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El catálogoViejos amores1 min

La Travesía

A woman with long dark hair in a black slip dress, her coat slipping off one bare shoulder, stands close against a man in an open white shirt and dark coat, his hand at her waist, their faces near each other at the metal rail of a night ferry, city lights blurred behind them across dark water.
Twenty minutes, and the shore kept coming.

El último ferry había zarpado medio vacío, y terminaron junto a la baranda sin decidirlo, como siempre terminaban en cualquier parte juntos — menos una decisión que una especie de clima.

Diez años desde la boda en la que ninguno de los dos había logrado mirar al otro ni una sola vez, y ahora estaba toda la anchura negra del estrecho entre dos orillas iluminadas, y no había nada que hacer contra el frío salvo permanecer más cerca de lo que cualquiera de los dos habría llamado necesario.

—Te estás congelando —dijo él. —Estoy bien. —Siempre estás bien. Él no apartó el brazo de la baranda, a un centímetro de su hombro, y ella no se lo pidió.

La travesía duraba veinte minutos, y en algún punto después de la mitad la mancha de luz de la orilla lejana empezó a separarse en ventanas, en un muelle concreto, en un final con una forma real.

Ella se quedó mirando eso en vez de mirarlo a él, cosa que él notó, porque fijarse en ella nunca había dejado de ser un hábito que mantenía sin cobrar nada a cambio.

Ninguno dijo lo que habría hecho falta decir para nombrar lo que significaba estar así de cerca, después de todo.

Su mano encontró el hueco de la espalda de ella — no preguntando, simplemente llegando, como siempre había sabido adónde ir antes de que el resto de él decidiera nada — y ella dejó que se quedara, mirando cómo las luces se afilaban en una cuenta atrás que no había aceptado empezar.

—Se me había olvidado el frío que siempre tienes —dijo él, bajo, solo para ella, y ella giró lo suficiente para que la boca de él quedara más cerca de su sien de lo que el viento por sí solo podía explicar.

La sirena sonó una vez para el muelle, se encendieron las luces de cubierta, y ella sintió que todo el barco empezaba el largo balanceo de frenar.

Entró en el atracadero con una sacudida de motores en reversa, y un marinero enlazó la cuerda alrededor de la bita en un solo movimiento practicado, y arriba, en la baranda, en la repentina quietud de la llegada, ninguno de los dos se había movido todavía hacia la pasarela.