La primera noche de verdadero frío del año siempre lo encontraba de rodillas frente a la chimenea, maldiciendo en voz baja el tiro, tal como lo había maldecido durante veintidós años, como si este pudiera ser por fin el año en que abriera a la primera.
—Lo estás haciendo mal —dijo ella desde la puerta, los brazos cruzados contra el frío, mientras lo veía acercar un fósforo a una leña que él juraba seca y que ella sabía, con certeza, que no lo estaba.
—Nunca en mi vida lo he hecho mal —dijo él, lo mismo que decía cada año, encendiendo un segundo fósforo contra la piedra del hogar con la terquedad particular de un hombre que defiende veintidós noviembres del mismo fracaso exacto.
—La leña está verde. Siempre está verde. La compras la misma semana, al mismo hombre que te jura que está seca. —Ella entró de todas formas, el frío aún encima, y se dejó caer sobre la alfombra a unos pasos detrás de él, lo bastante cerca para recibir el primer calor de verdad cuando llegara.
A él le llegó el humo antes que la llama, ese olor dulce y húmedo que siempre llenaba la sala, y siguió maldiciendo la leña, y ella se rio bajito detrás de él —sin maldad, la risa de alguien que había oído esa misma maldición cada año desde otro apartamento, desde una chimenea más pequeña.
—Ven, sujeta esto —dijo él, refiriéndose al fuelle, sin referirse a nada, queriendo decir ven más cerca, y ella lo hizo, acomodándose contra su espalda, las rodillas a los costados de las de él, la barbilla encontrando el sitio en su hombro que llevaba encontrando más de dos décadas.
—Siempre dices eso —dijo ella—, como si de verdad necesitaras ayuda —y puso su mano abierta sobre la de él en el fuelle de todos modos, y dejó de discutir sobre la leña, y él dejó de defenderla, y por un rato ninguno de los dos dijo nada más sobre el fuego.
Prendió mientras no estaban mirando —prendió de verdad, ese pequeño ceder anaranjado que significaba que la sala estaría caliente en menos de una hora— y ninguno de los dos se movió para verlo. El sofá quedó detrás de ellos, la manta doblada y lista, completamente olvidada, mientras los dos seguían abajo, en la alfombra, en la luz que crecía, la mano de ella todavía sobre la de él, la boca de él encontrando la curva de su cuello que el fuego aún no había alcanzado.
