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El catálogoLa espera1 min

Su Jugada

A Black woman with close-cropped hair, in an oversized white shirt, kneels face to face with a lean East Asian man in an open dark shirt, her hand at his jaw, their mouths close but not touching, over a chessboard with toppled pieces in the foreground and a lamp and sofa in shadow behind them.
Her king, on its side.

La regla era de ella, técnicamente, aunque era él quien de verdad la respetaba: nada de tocarse hasta que terminara la partida, ni una mano, ni un pie, nada, porque si no —palabras suyas, de la primera semana que lo intentaron— nadie en esta casa terminaría jamás una partida.

Once minutos ya en una sola jugada. Ella había dejado de fingir que leía su libro hacia el minuto seis, y se había puesto a mirar cómo la lámpara trazaba una lenta línea dorada por el costado de su mandíbula, algo que él no había notado, o había decidido no darle la satisfacción de notar.

Estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la alfombra, con una camisa blanca de él, los puños doblados dos veces y aun así sueltos más allá de sus muñecas, el bajo acumulado en su regazo, un talón desnudo enganchado en el borde deshilachado de la alfombra, como si fuera a necesitar el agarre más tarde.

Un reloj hacía tictac en algún lugar más allá de la puerta, ordinario e insoportable. Su caballo quedó suspendido a un centímetro del tablero, sostenido por una decisión que él se negaba a apresurar incluso por ella.

—Ya no estás pensando —dijo ella—. Solo me estás haciendo esperar.

Él no levantó la vista. —¿Hay alguna diferencia?

No la había, en realidad, no con todo su cuerpo llevando el tiempo del reloj en vez del suyo propio, no con él a un metro de distancia y una regla hecha justo para esto.

Ella extendió la mano, no hacia él, eso lo habría terminado todo de golpe, y puso un dedo contra su propio rey, y lo empujó.

El rey se inclinó, giró medio círculo sobre su base y se detuvo. —Ganaste —dijo ella, aunque él no había ganado, aunque el caballo seguía suspendido sobre una casilla que nunca había elegido.

Él levantó la vista entonces. Lo que fuera que viera en su cara le costó el resto de los once minutos en apenas un segundo, y cruzó el tablero de rodillas, las piezas yéndose con él, peones resbalando por el borde de la alfombra, su rey rodando hasta perderse bajo el sofá, fuera del alcance de la lámpara, para quedar tumbado de lado en la oscuridad como algo ya rendido.