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El catálogoA fuego lento1 min

Escampada

A woman with dark curly hair in a damp ivory silk blouse stands close to a red-haired, stubbled man in a wet charcoal shirt under a black umbrella at night, his hand cupping her jaw, his other fist gripping the umbrella's shaft with her fingers resting against it, their mouths close but not touching, a wet street and blurred amber streetlights behind them.
The rain had already stopped. Neither of them closed the umbrella.

Ocho meses acompañando a Marcos a la estación bajo su paraguas, seis cuadras cada vez, cada noche que el pronóstico les daba una excusa. Había dejado de mirar el pronóstico en algún momento de marzo y, en su lugar, salía de su escritorio en cuanto oía las primeras gotas en la ventana.

El paraguas era una cosa negra y barata de la farmacia junto a la oficina, comprado la primera semana en que empezó a importar y reemplazado dos veces desde entonces, y solo les cabía a los dos por un acuerdo que ninguno había dicho en voz alta: su mano en el mango, el hombro de él encontrando el de ella hacia la cuarta cuadra, sin que ninguno nombrara jamás quién se había acercado primero.

Esta noche la lluvia se rindió en la calle Mercer, repentina y completa como solo llueve en septiembre, y dejó la acera negra y brillante y el aire recién lavado. Ella sintió que paraba contra el dorso de su mano antes de verlo.

No cerró el paraguas.

Él tampoco dijo nada al respecto, algo que ella entendió como una respuesta en sí misma, y siguieron caminando bajo ocho meses de costumbre ahora sin motivo, la manga de él todavía contra la de ella, el mango todavía compartido entre dos manos que nunca habían necesitado estarlo.

Un hombre pasó en dirección contraria, cerrando su propio paraguas con el fastidio particular de quien es sorprendido por un clima que ya había terminado. Ella vio que Marcos no lo miraba, no decía nada sobre lo evidente, y sintió que algo en su pecho se quedaba muy quieto.

Las farolas se encendieron temprano, ámbar a través de un aire que había tomado el color que deja la lluvia, y bajo el paraguas todo era seco y cercano y del todo innecesario, y pensó: él lo sabe. Tiene que saberlo. Y aun así ninguno de los dos se movió para terminarlo.

En su esquina se detuvo como se detenía cada noche, salvo que cualquier otra noche el detenerse había sido por la lluvia, y esta noche era solo por ella. Su mano seguía en el mango, a un dedo de la de él, lo bastante cerca para que la distancia pareciera deliberada.

«¿Hacia dónde vas esta noche?», preguntó él, y ella oyó la pregunta de verdad debajo de esa, la que llevaba caminando las seis cuadras con ellos desde marzo, dicha por fin en palabras lo bastante pequeñas para sobrevivir a estar equivocada.