La máquina de hielo estaba al final del pasillo como algo de lo que el hotel se sentía un poco avergonzado —fluorescente, zumbando, más blanca que cualquier otra luz del piso— y a las dos de la madrugada era lo único despierto además de los letreros de salida.
Ella había bajado el cubo de plástico porque la habitación estaba demasiado caliente y ella demasiado lejos del sueño como para que le importara, y todavía lo sostenía, vacío, cuando se abrió la puerta al final del pasillo y un hombre con la camisa desabrochada avanzó descalzo, cargando el gemelo de su cubo.
«En el sexto está rota», dijo él, lo cual no era realmente información, más bien una apertura. «En el cuarto funciona bien», dijo ella, y ninguno de los dos se volvió hacia su propio piso.
Él alimentó la máquina y esta traqueteó y dejó caer hielo, traqueteó y dejó caer más, y los dos cubos quedaron bajo la salida sin llegar a tocarse, lo bastante cerca como para que el frío que desprendía el hielo los alcanzara a los dos a la vez.
«Tú tampoco puedes dormir», dijo ella. No era una pregunta.
«Depende de qué signifique tampoco.»
La máquina se quedó callada antes de que ninguno de los dos cubos estuviera lleno, una decisión interna tomada sin consultarles, y el silencio después tuvo un peso distinto al del ruido anterior —el tipo de silencio que la hizo notar el dibujo de la alfombra, los quince centímetros exactos entre el hombro de él y la pared.
A lo largo del pasillo, las puertas permanecían cerradas en una hilera larga e idéntica, cada una una decisión que alguien más ya había tomado sobre lo que pasa a las dos de la madrugada, y ninguno de los dos miró hacia ninguna de las dos puertas. La de ella. La de él.
Ella dejó su cubo en el suelo en vez de recogerlo. Él no fue a buscar el suyo. La máquina hizo un último clic al enfriarse, y los dos se quedaron un rato más en el hueco fluorescente, sin prisa por responder a la única pregunta para la que, en realidad, había servido siempre alguno de los dos cubos.
