Había alimentado el parquímetro en su calle la noche anterior, dos horas compradas en contra de su propio buen juicio, y no había vuelto a pensar ni una sola vez en qué hora era en realidad.
Se despertó un poco antes de las ocho con una huella fría en la sábana donde él había estado y el silencio particular de una habitación que ya ha decidido algo sin preguntarle. La ventana se había puesto gris. Su lado de la cama estaba lo bastante frío como para que no hubiera pasado en los últimos diez minutos.
Se quedó ahí, repasando la versión que ya se había ensayado a sí misma durante el camino hasta allí — la fácil, la que no necesita público para la despedida — y casi había terminado de creérsela cuando lo oyó en la escalera.
Él subió sin camisa, un abrigo echado sobre nada, los zapatos dejados al pie de la escalera y el frío de la calle todavía pegado a él, un pequeño papel doblado sostenido entre dos dedos como algo que le habían entregado, no algo que llevaba.
«Dos horas», dijo, deteniéndose antes de llegar a la cama, antes de llegar a la puerta también. «No quería descubrir de la peor manera que no alcanzaban.»
Dejó el ticket sobre la almohada, junto a su mejilla, en vez de en la mesilla, lo cual ella entendió, sin que ninguno de los dos lo dijera, como el verdadero sentido del gesto. Su mano encontró la base de su espalda bajo la sábana tibia, y estaba tan fría que ella se sobresaltó — y luego, otra vez en contra de su buen juicio, se rió.
La palabra quédate había estado ahí disponible todo ese tiempo, y ninguno de los dos la tomó, de la misma forma en que uno no toca un vaso ya demasiado lleno — tocarlo es la única manera de derramarlo.
El parquímetro volvería a pedir monedas a las diez. Las diez no eran ahora. Y las diez, cuando llegaran, bien podían seguir pidiendo.
