Despertó con el sonido del agua y una habitación que se había vuelto del color de un té flojo, la luz de la mañana entrando de lado por las persianas que él no se había preocupado de cerrar del todo.
Durante un minuto se quedó ahí tendida, repasando las salidas. Su vestido seguía en la silla, donde lo había dejado al quitárselo. Sus zapatos andaban por algún lugar cerca de la puerta, desparejados, como terminan los zapatos cuando nadie pensó en dónde los necesitaría después.
Ya lo tenía medio planeado, el irse. Encontrar el vestido, encontrar un zapato y después el otro, estar fuera antes de que el agua se cortara y esta mañana se convirtiera en una versión que exigiera conversación.
Entonces vio la toalla, doblada en tres sobre el radiador, en su lado de la cama, blanca contra el hierro opaco, puesta ahí con más cuidado del que una toalla necesitaba. No arrojada. No arrancada de un gancho al pasar. Doblada, y colocada, mientras ella todavía dormía y no podía habérsela pedido.
Se incorporó y la miró más tiempo del que una toalla merecía. Significaba que él había estado de pie en esa habitación mientras ella dormía, pensando en que podía tener frío. Significaba que él había sabido que ella la querría ahí antes de que ella misma lo supiera, y que había hecho el trabajo pequeño y nada glamoroso de asegurarse de ello.
El agua seguía corriendo. Podía oírlo debajo de ella, sin prisa, un hombre que no tenía apuro por averiguar si ella seguiría ahí.
Dejó su plan a un lado, como se deja algo que se había tomado por costumbre y no por necesidad.
Descalza sobre el suelo frío, la sábana abandonada en la cama, cruzó el pasillo en vez del cuarto donde estaba su vestido, y se quedó de pie en el umbral, donde el vapor ya empezaba a alcanzarla, mirando la forma de él a través del vidrio.
Él giró la cabeza antes de que ella dijera nada, como si hubiera estado esperando exactamente eso. —No estaba seguro de que siguieras aquí —dijo él.
—Yo tampoco —dijo ella, y entró, dejando atrás el frío.
