El apartamento estaba nueve pisos arriba y las ventanas llevaban pintadas y selladas desde dos inquilinos atrás, así que en noches como esa el calor simplemente se quedaba ahí con ellos, paciente, negándose a razonar. Ella había dejado de intentar dormir una hora antes. Él había dejado de fingirlo una hora después.
Ella encontró la puerta de la escalera al final del pasillo —la del sensor de alarma tapado con cinta y el cartel de una inquilina que ya no vivía ahí— y empezó a subir sin decir adónde. Él la siguió de todos modos, dos escalones detrás, como siempre hacía cuando el destino importaba menos que el hecho de irse.
El techo aún guardaba el calor del día en el alquitrán bajo sus pies, más blando que el asfalto, tibio contra las plantas de sus pies del modo en que una mano sostenida sigue tibia después de que la sueltan. Un tanque de agua se erguía negro contra el cielo en un extremo, y el tendedero olvidado de alguien colgaba flojo entre dos ductos, tres pinzas y nada más que sostener.
Nueve pisos más abajo, la ciudad se había reducido a una cuadrícula de ventanas doradas y bajas y una ambulancia, lejana, sin apuro por llegar adonde fuera que iba. Aquí arriba el ruido llegaba ya suavizado, y nada de él tenía que ver con ellos.
Ella fue hasta el parapeto y apoyó ambas manos planas sobre el borde, midiendo la altura del modo en que alguien prueba el agua antes de decidirse a entrar de verdad. Él se acercó por detrás, sin tocarla todavía, lo bastante cerca como para que ella sintiera la decisión en el aire antes de sentirlo a él.
—Aquí arriba nadie puede vernos —dijo ella, más al horizonte que a él.
—Esa es la parte que me gusta —dijo él, y puso las manos en su cintura como si hubiera estado pidiendo permiso exactamente para esa frase.
Ella giró dentro de sus manos para quedar frente a él en vez de frente a la ciudad, y algo en ella que cuatro tramos de escalera y cuatro paredes siempre habían mantenido cuidadosamente plegado se abrió del modo en que solo se abría cuando no había nadie abajo exigiéndole otra cosa. Su frente encontró la de ella antes que su boca, paciente, con la misma calma sin prisa que había tenido el calor toda la noche, salvo que ahora trabajaba a favor de ella y no en contra.
Ninguno de los dos volvió a decir nada que el techo pudiera haber escuchado. El tanque de agua guardó su silencio, el tendedero conservó sus tres pinzas, y la ciudad mantuvo sus ventanas doradas encendidas para nadie en particular, mientras ellos, nueve pisos arriba, descalzos sobre el alquitrán aún tibio de un día que ninguno de los dos había querido, seguían siendo exactamente tan invisibles como necesitaban ser.
