Por teléfono solo había dicho "una ocasión", nada más — ni de qué tipo, ni por qué había que cortarlo de una manera particular, solo que no confiaba en otras manos para la versión de sí mismo que sería mañana. Tres años juntos, uno separados, y eso seguía siendo lo primero por lo que la llamaba.
Ella guardaba las tijeras buenas en el cajón que nunca había terminado de vaciar. Se decía a sí misma que era por las tijeras, no por él.
Él entró sin llamar dos veces, como antes, y fue directo al taburete de la cocina sin que nadie le dijera cuál — el de la pata coja, que siempre había sido suyo, porque miraba hacia el lado contrario de la ventana y nunca le había gustado que lo vieran decidiéndose a quedarse quieto.
Ella misma le puso la toalla sobre los hombros, con un solo gesto, en lugar de dársela, y lo sintió quedarse quieto bajo sus manos exactamente como antes, como si el taburete tuviera una regla que él todavía recordaba.
"Siempre hacías la nuca demasiado despacio", dijo él, más a la habitación que a ella.
"Alguien tiene que hacerlo bien." Levantó el peine, encontró el lugar en su nuca donde el pelo todavía crecía en la misma dirección terca de siempre, tres años después, y algo en su mano recordó antes de que el resto de ella lo alcanzara.
Él no preguntó qué era mañana. Ella no preguntó por qué había esperado hasta que casi no quedaba luz para arreglárselo. Algunas preguntas era mejor dejarlas dobladas junto al resto del correo.
Trabajó el último centímetro despacio, más despacio de lo necesario, inclinándole la cabeza con dos dedos bajo la barbilla, como jamás lo haría una peluquera y como siempre lo hacía un amor pasado, hasta que ya no le quedó ninguna razón profesional para seguir, y ninguna razón en absoluto para parar.
El peine se quedó quieto contra su nuca. Ninguno de los dos se movió para terminarlo.
