Había empezado antes de que él llegara a casa: discos de algodón, los frasquitos de cristal alineados como soldados, la lámpara acercada para poder ver cómo el pincel hacía un solo trazo limpio desde la cutícula hasta la punta. Era el único cuarto de hora del día que le pertenecía solo a ella.
Él la encontró así, una mano extendida sobre el cristal del tocador, y se detuvo en la puerta en vez de entrar. Había aprendido, por las malas, lo que le costaba una mano sobre su hombro en el momento equivocado: esmalte corrido y tener que empezar de nuevo.
—Ya casi termino —dijo ella sin levantar la vista, el pincel moviéndose en ese ritmo pequeño y exacto—. Tercera capa.
—Tómate tu tiempo. —Entró de todos modos y se sentó en el borde de la cama detrás de ella, lo bastante cerca como para que quedara claro que la puerta había sido solo una formalidad.
Terminó la última uña y levantó ambas manos del cristal, los dedos bien abiertos, las muñecas sueltas: la postura que se adopta cuando algo está mojado y es solo de una arruinarlo. —Diez minutos —dijo—. Mínimo. Lo digo en serio.
—Ya te oí. —Su boca encontró la nuca de ella en cambio, sin prisa, y las manos de ella se quedaron exactamente donde estaban, suspendidas sobre su regazo como si la hubieran sorprendido a mitad de una rendición.
Podría haberlas bajado. Podría haber decidido que el esmalte importaba menos que atraerlo más cerca. No lo hizo. Ese era el truco: no la espera en sí, sino la elección de seguir esperando, segundo tras segundo, mientras la mano de él resbalaba por su clavícula y las de ella seguían levantadas, abiertas, enteramente suyas para dejarlas sin tocar.
—Estás temblando —dijo él junto a su oído, y así era: diez pruebas mojadas y brillantes de ello, atrapando la luz de la lámpara.
—No te atrevas a hacer que arruine esto. —Pero no movió las manos. Las mantuvo exactamente donde estaban: levantadas, abiertas, indefensas, y dejó que él se tomara su tiempo para decidir cuánto valía su quietud.
