La maleta de mano estaba abierta sobre la cama entre los dos, medio hecha y perdiendo la discusión: cuatro camisas dobladas en tercios como recomendaba la aplicación de la aerolínea, un neceser cerrado y vuelto a abrir dos veces, y un montoncito de cosas que todavía no habían justificado su lugar.
Su vuelo salía a las seis y diez, lo que significaba que la alarma estaba puesta para las cinco menos veinte, lo que significaba que, en la pequeña aritmética de un matrimonio de veintidós años, la noche ya había terminado, técnicamente, hacía una hora.
Ella había estado ayudando, en el sentido de que ayudar significaba pasarle cosas dobladas y verlo doblarlas otra vez a su manera. No era un viaje grande —tres noches, una cena con un cliente, un gimnasio de hotel que él no usaría. Solo lo bastante lejos como para que la cama fuera de una sola persona durante tres noches seguidas, y los dos eran ya lo bastante mayores para saber exactamente lo que eso costaba.
—No hace falta que me dobles las camisas —dijo él, sin levantar la vista.
—Ya lo sé —dijo ella, y dobló otra de todos modos.
Hacía años que él había aprendido a no discutir por el doblado. Nunca había sido realmente por las camisas.
Ella alcanzó, pasando por delante de él, la última —la camisa de la cena, planchada, todavía tibia de la plancha— y en lugar de meterla en la maleta, la dejó sobre la cómoda y la alisó con una mano, como quien cierra una puerta sobre un tema en vez de sobre una habitación.
—Esa es para mañana por la noche —dijo él.
—Mañana puede hacerse la maleta sola a las cinco —dijo ella—. Esta noche todavía está libre. —Rodeó el pie de la cama, le quitó de las manos la pila doblada, la dejó junto a la camisa y no volvió a coger nada más.
Entonces él sí la miró, de verdad. Lo que fuera que iba a decir sobre el itinerario se convirtió en otra cosa.
Su mano encontró el pecho de la camisa de él —no la desabrochó, solo se quedó ahí, sintiéndolo decidir. La maleta siguió abierta un momento más, olvidada entre los dos, como algo que ya había dicho lo que tenía que decir.
Más tarde la cerraron —no del todo, no con cuidado— y la dejaron en el suelo junto a la puerta, donde esperaría, paciente como un taxi, hasta que las cinco fueran a buscarla.
