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El relato de esta nocheLa espera1 min

Sin Manchas

A woman with dark wavy hair in an unbuttoned rust-colored silk blouse sits in a car's passenger seat, her hand resting over a shaved-headed man's hand on the gearshift, their faces close and not touching, soap and violet-lit car-wash lights streaming across the window behind them.
Her hand, over his.

Fue ella quien le pidió que entrara —señaló con la barbilla el autolavado abierto toda la noche, que brillaba al fondo del estacionamiento vacío, antes incluso de que él soltara el acelerador, como si hubiera llevado la idea consigo toda la cena y solo ahora hubiera decidido gastarla.

El brazo bajó detrás del coche con un golpe seco, esa pequeña finalidad industrial, la ficha ya tragada, las ruedas encontrando el riel, y entonces no le quedó nada por hacer salvo sostener el volante a las diez y las dos para un coche que ya no necesitaba que lo condujeran.

Los primeros cepillos golpearon el cristal como un aliento contenido que por fin se suelta, largas franjas azules cayendo de ambos lados a la vez, y las luces del salpicadero se volvieron suaves y como bajo el agua, y ella rio una vez, breve, hacia la oscuridad.

JABÓN, decía el letrero iluminado sobre la salida, y luego se apagó y ENJUAGUE ocupó su lugar, y ninguno de los dos se había movido ni un centímetro hacia el otro, lo cual ella empezaba a entender como una forma propia de movimiento.

Su mano descansaba en la palanca de cambios porque no había otro sitio adonde ir en un coche ya en punto muerto para la cinta, y cuando la de ella se posó encima, despacio, como comprobando si el metal se había calentado, él no giró la palma para encontrarla. Solo la dejó quedarse, los dos igualados e inmóviles, mirando cómo la espuma trepaba el parabrisas en láminas vueltas violeta donde las luces del túnel las tocaban.

—Lo planeaste —dijo ella. No del todo una pregunta.

—No lo hice —dijo él, lo cual era verdad, y tampoco era el punto, y ella dejó que su pulgar se moviera una vez sobre los nudillos de él y luego volviera a quedarse quieto, porque la quietud, resultó, era todo el truco del asunto.

ENJUAGUE SIN MANCHAS apareció después en sus pequeñas letras naranjas, y debajo los cepillos por fin cedieron, deteniéndose poco a poco, y el cristal quedó limpio en arcos largos y pacientes, como si se le permitiera recordar cómo era el exterior.

Luego SECADO, y empezó el rugido, una pared de viento cálido que volvía inútil hablar y dejaba mirarse el uno al otro como lo único que valía la pena, el rostro de ella iluminado de ámbar, luego a oscuras, luego de ámbar otra vez mientras las boquillas pasaban por encima.

El letrero verde de SALIDA se encendió sobre la boca del túnel, y la cinta soltó el coche hacia el estacionamiento abierto, y él no puso primera. Se quedó sentado con la mano de ella todavía sobre la suya, el motor al ralentí bajo los dos, el estacionamiento vacío e iluminado de dorado hasta la calle.