La casa nunca había estado tan silenciosa. Ni siquiera cuando el auto salió del garaje rumbo a un dormitorio universitario a cuatro horas de distancia. Ni cuando veinte años de música de otra persona salieron por la puerta en bolsos de viaje, a mitad de canción, para no volver.
No habían tocado los platos. Veintidós años de cumpleaños les habían enseñado a no dejar desorden de un día para otro, y esta noche el hábito se rompió por otra razón — ninguno de los dos se había movido de la encimera desde que las luces traseras doblaron la esquina.
Su teléfono seguía apoyado contra el frutero, reproduciendo algo de una lista de reproducción de los tiempos de la boda que él no había abierto en años. Una canción se eligió sola. Ninguno de los dos alcanzó el teléfono para saltarla.
«Baila conmigo», dijo él, y salió más simple de lo que había pensado decirlo — sin un chiste doblado adentro para suavizarlo, la clase de frase que veinte años atrás le habría hecho falta tres tragos para decir sin rodeos.
Ella lo miró como solía mirarlo desde el otro lado de una barra, antes de que hubiera una hipoteca o un hijo o un apellido compartido — sin apuro, evaluándolo, como si aún no se hubiera decidido.
Dejó el paño de cocina y cruzó el linóleo, y él sintió la vieja corriente atravesar la habitación en el instante en que la mano de ella encontró su hombro. La misma corriente. Solo que sin los veintidós años de aislamiento encima.
La atrajo hacia sí por la cintura, más cerca de lo que pedía la canción. Ella se dejó. Su aliento se cortó en algún punto que él sintió más de lo que oyó.
Nadie en la casa para escucharlos no hablar. Nadie en el pasillo para interrumpir nada. Solo la luz de la cocina, y los dos de pie a medio paso de recordar exactamente quiénes habían sido antes de ser padres de alguien — y ninguno de los dos se movió para cerrar esa distancia.
