Los dos sacos de dormir llevan diecisiete años colgados en el altillo del garaje: los compraron el verano en que se conocieron, uno con cremallera a la izquierda y otro a la derecha, para que, unidos borde con borde, formaran un solo saco para dos.
Para su cumpleaños él los baja, sacude el polvo del altillo del nailon en el porche trasero y no dice adónde van hasta que la camioneta ya ha pasado el desvío hacia el lago.
La lluvia empieza mientras él clava la segunda estaca, y cuando el toldo queda bien tenso los dos están empapados hasta los hombros, riéndose de ello con la calma de quien ya no se sorprende de su propia suerte.
Dentro, los sacos están mal encajados como siempre lo han estado —su cremallera del lado de ella, las dos lengüetas mirando hacia adentro en vez de hacia afuera— y se arrodillan sobre el lío a medio unir, a la luz de la linterna frontal, rodilla con rodilla, el pelo mojado de ella goteando sobre la muñeca de él.
«Lo estás sujetando mal», dice ella. «Siempre lo he sujetado mal», dice él, y no aparta la mano.
El carril se atasca a un dedo del final y no cede, y lo trabajan como han trabajado cualquier otra cosa atascada en diecisiete años: sin prisa, cuatro manos buscando el mismo medio centímetro de dientes hasta que algo cede.
Cuando por fin corre hasta el final, los cierra también a ellos, un solo saco en vez de dos, la rodilla de ella contra el muslo de él, la palma de él todavía quieta donde cayó al ayudarla con la lengüeta atascada.
La lluvia arrecia un minuto contra el toldo y luego se asienta en ese ritmo constante con el que solían dormirse en una tienda la mitad de pequeña, junto a un lago del que ninguno de los dos ha vuelto a hablar en años.
Ella alarga el brazo más allá de él y apaga la linterna antes de que él pueda preguntarle si está lista.
Ninguno de los dos dice nada sobre la oscuridad. La lluvia sigue hablando por los dos: la misma lluvia, las mismas dos cremalleras, diecisiete años desde la primera noche y ninguna distancia entre medias.
