Nos habían sentado en la misma mesa.
Alguien, en algún sitio, había mirado un plano y había pensado que era un gesto amable. Viejos amigos. Quienes hacen los planos de mesa nunca lo saben.
Tenía una copa en una mano y siete años en la cara y la misma manera de escuchar de siempre: la barbilla baja, los ojos en alto, como si lo siguiente que yo dijera fuera lo único que pasaba en la sala.
—Estás… —empezó él.
—No —dije yo.
—…igual —terminó de todos modos.
La banda encontró algo lento. A nuestro alrededor los casados y los casi se levantaban y se buscaban el uno al otro.
No preguntó. Se puso de pie, me tendió la mano y esperó: como había esperado siempre, como si tuviera toda la noche, como si ya hubiera decidido cómo terminaba la velada.
Me había peinado como a él le gustaba antes. Me había dicho a mí misma que había olvidado que le gustaba.
Esa fue la segunda mentira de la noche, y la noche apenas empezaba.
