Quedaba una caja.
Los dos sabían que nunca había sido por la caja: llevaba tres semanas en el armario del recibidor, una razón, un recado, un hilo que ninguno de los dos había querido cortar limpio.
Ella vino un martes, porque martes significaba que él estaría en casa. Él abrió la puerta como si llevara un rato detrás de ella.
El piso estaba más vacío de lo que ella recordaba, y por eso más ruidoso. Cada sonido que no hacían llenaba las habitaciones.
—Está en el armario —dijo él.
—Sé dónde está.
Lo sabía. Sabía qué tabla del suelo cedía, qué interruptor se atascaba, qué lado de la cama se enfriaba primero. Conocía aquel sitio como se conoce una canción que has decidido dejar de poner.
No se movió hacia el armario.
—Pues llévatela —dijo él. Tampoco se movió.
Ninguno de los dos la cogió.