Se había dicho a sí misma que no iba a ir a ese bar.
Fue.
Era igual de la forma en que los lugares se preservan a sí mismos: la misma luz tenue, la misma grieta en el cuero del tercer taburete desde el final, el mismo cantinero que tuvo la gentileza de no recordarla. Se sentó en un lugar nuevo. Una versión diferente de sí misma, o eso había decidido en el tren.
Él entró a las nueve y diez. Ella lo vio revisar su teléfono en la puerta — de la manera en que siempre lo hacía, como quien se prepara para algo — y luego vio el momento en que no la vio convertirse en el momento en que sí la vio.
Cruzó la sala sin prisa.
—Volviste —dijo. —Por trabajo —dijo ella. Él se sentó sin ser invitado, y ninguno de los dos dijo nada al respecto.
El cantinero le puso un vaso enfrente sin preguntar qué quería.
Hablaron de nada importante: el nuevo departamento de un amigo mutuo, un restaurante que por fin había cerrado, el largo estúpido verano. Él era igual en las formas que siempre la habían deshecho, y ella notó que estaba notando.
Su rodilla no tocaba la de ella pero ella era consciente de su distancia como uno es consciente de un cambio de presión — no con los ojos, no del todo con la piel.
En algún momento el bar se vació alrededor de ellos sin que ninguno de los dos hiciera nada para que sucediera.
—Debería irme —dijo.
Él extendió la mano y tocó el dorso de su mano. No la sostuvo — solo la tocó, en el lugar donde latía su pulso.
—Bien —dijo. Ella se quedó.